En todas las religiones se nos dice que el hombre es hijo de Dios. Si miramos a un niño con sus padres, notamos que se parece a uno o a otro en tal rasgo físico o anímico; pero con Dios no podemos hacer esa comprobación, no podemos observar ningún parecido físico, sino que teníamos que conformarnos con creer según se nos decía. Pero la razón, quizás la principal cualidad que tenemos, no es, al contrario de lo que se venía creyendo, la enemiga de la fe, sino su aliada y, por lo tanto, está disponible para que afrontemos y superemos las dificultades que se nos vayan planteando, como la cuestión de la que nos ocupamos.
Ya hemos tratado, siquiera superficialmente, acerca de las naturalezas divina y humana. Desde ellas podemos establecer la filiación divina del hombre con mayores posibilidades de éxito. En todo acto creador, gracias al Yo Soy, la naturaleza propia del creador, aquella que hace de atributo, pasa a la criatura, como los genes pasan de los padres a los hijos; de modo que en nosotros tiene que hallarse lo definitorio de la divinidad. ¿Qué decimos de Dios, cómo lo definimos comúnmente sino diciendo que es todopoderoso, omnisciente y tan misericordioso que todo nos lo perdona? Pues bien, esos tres atributos de Dios deben hallarse en el hombre, por supuesto en un grado mucho menor, tanto como el yo soy opera en nosotros con menos fuerza, conocimiento y amor.
Todos conocemos a algún niño que, a una edad muy temprana, incluso de meses, ya comienza a demostrar una fuerza innata, por su carisma entre los de su edad e incluso entre los mayores, por lo bien que se desenvuelve en algún arte o materia o por el amor que demuestra hacia los demás. Necesariamente, a esa edad, se trata de algo innato; de un don, de una dádiva, de algo heredado, porque ellos aún no lo han podido trabajar y adquirir por su esfuerzo, con el sudor de su frente, como le fue dicho a Adán que habría de ganarse el sustento.
Un caso de sobra conocido es el de Mozart, quien a una edad muy temprana componía y tocaba música, y sobre el cual se ha aducido que la aprendió en el vientre de su madre, ya que eran muy aficionados, y ciertamente podría haber gustado de la música e incluso aprendido algo de ritmo y melodía; pero ¿y la presteza de las manos para la interpretación, cómo la logró? ¿Y el sentido de la composición, quién se lo dio? ¿Y, en suma, la genialidad que tan lejos lo situó de sus coetáneos, de quién la aprendió?
La herencia que hemos recibido de Dios es triple: la fuerza por la que nos movemos y obramos, que es fe; el conocimiento que tenemos de las cosas de Dios, que es Esperanza; y el amor que ponemos en cuanto hacemos, que es Caridad. Todos nacemos con una cierta cantidad de los tres, las cuales se van desarrollando según sea la conciencia y razón que pongamos al afrontar cada dificultad que nos va surgiendo en la vida: en eso consiste la evolución.
“Sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto”.
La cita situada inmediatamente arriba pertenece a Mt 5: 48, si bien puede empezar la lectura en el versículo 43.
Cristo nos pide que seamos perfectos. ¿Es la perfección una utopía? Si él la alcanzó, si nos la pide, no debe serlo; mucho más cuando otros la han logrado. La cuestión es que nadie se ha parado a explicarnos razonadamente cómo se alcanza, que es mediante la progresión de la razón y con el desarrollo de la herencia divina que hemos recibido, porque ambas cosas van de la mano.
Fe, Esperanza y Caridad se desarrollan mutuamente, de forma que la primera, el esfuerzo hecho en pos de la resolución de cada dificultad, incrementa la segunda, y Esperanza, el conocimiento de las cosas implícitas en la dificultad superada, lleva a Caridad, amar mejor a esas cosas implicadas; y esto lleva, de nuevo, a una nueva dificultad a superar y a un nuevo crecimiento, en el que el uso de la razón será, como siempre, vital. Esto si nos esforzamos en proseguir avanzando camino de esa perfección demandada. En caso contrario, nos estancamos y comenzamos a ir de complicación en complicación, pero no es de esto de lo que estamos tratando.
Es por esta razón, porque compartimos la naturaleza divina, que Cristo nos conminó a que seamos perfectos y también por lo que dijo que cosas aún mayores que él haríamos.
Para continuar viendo estas cosas, que irremediablemente nos llevan unas a otras, hay que meterse en lleno en materia, a analizar Fe con sus cualidades, como es mi intención hacer lo antes posible. Pero, ya a estas alturas, creo que una relectura de artículos anteriores puede ir siendo conveniente para tener una visión más de conjunto. Así, “las dos actitudes” se refiere a si tenemos o no una actitud en pos del desarrollo de la herencia divina o no, aunque este se irá clarificando en la medida en que vayamos viendo Fe; “La conveniencia de la acción” se refiere, un tanto tangencialmente, a la progresión de la razón…
Tags: perfección, herecnia divina
Realmente me inclino a pensar de esta manera:
el ser humano es omnipotente,puede todo lo que puede.
es tan sencillo que decir,la perfeccion del ser humano descansa en su imperfeccion.
o sea que la perfeccion del ser humano es que no lo es.
y debo agregar tambien- que la perfeccion es relativa a la persona,y no confundir con acctitudes.
por que lo mozart es su actitud,y es posible que no sea un buen poeta como tu.o un buen jugador del betis o el sevilla
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LA OMNIPOTENCIA ES UN ACTO RELATIVO A EL SER INDIVIDUAL,ESTO ES LO QUE CONFUNDE A LA MAYORIA DE PERSONAS,SI TENGO LA PERFECCION EN MI,TENGO TODO FUNCIONANDO PERFECTAMENTE,LO DEMAS ES DE ACTITUDES.