Badinter representa el nuevo feminismo, una corriente de pensamiento que no toma al hombre como un “enemigo a batir”, sino que pretende que hombres y mujeres caminen juntos, posicionándose, por lo tanto, contra la llamada “violencia de género”.
En cuestión de pocos años hemos pasado de considerar una situación dada, por desgracia demasiado a menudo, como un caso de machismo, entendiendo por tal una cualidad negativa del hombre, a hacerlo de la violencia de género, siendo ésta como una trama que llega a todos los estratos sociales, económicos y culturales, haciendo que la sociedad sea un entramado de poder masculino ejercido sistemáticamente contra la mujer.
El cambio en los mecanismos de percepción culturales y en sus herramientas de identificación del objeto y de acción consecuentes ha sido brutal. Hemos pasado de ver el machismo como algo que podía ser, en grados bajos, algo romántico y simpático, o, en grados más altos, criticable y condenable, a considerar a todo hombre, por el mero hecho de ser hombre, como un presunto activista, cuando no un claro delincuente, contra la mujer, sobre la base de que la macroestructura político-social-económica-cultural beneficia y favorece sistemáticamente al hombre y perjudica a la mujer.
En contra de la razón, esto no solo no se ha considerado como una hipótesis a probar, sino que se ha considerado como cosa probada y que exigía una rectificación mediante una serie de compensaciones, como las discriminaciones positivas que se han puesto en marcha en España para favorecer a la mujer con independencia de la capacidad contrastada para la realización de un determinado trabajo. Los hombres que han osado alzar su voz contra este desbarajuste han sido tomados por defensores de un orden feudal en el sistema de relaciones, por garantes de la tradición en contra de la evolución social…Menos mal que esta sinrazón ha sido vista también por algunas mujeres, cuyas voces no ha sido tan fácil callar.
Una de ellos es la francesa Elizabeth Badinter, catedrática de Filosofía en la Escuela Politécnica de París; fue discípula de Simone de Beauvoir y actualmente es una destacada conferenciante, entre otros temas, en todo lo relacionado con la equidad en las relaciones hombre-mujer.
La diferenciación de los sexos
Badinter, siguiendo a Erikson, sostiene que la adquisición de una identidad se hace en un proceso que implica una relación positiva de inclusión y otra negativa de exclusión, y que la identidad sexual se logra de esta manera: un niño alcanza su identidad sexual por un proceso de diferenciación con las niñas, que le aportan el código negativo de cómo debe ser él, y lo contrario en el caso de una niña. En este mismo sentido, dice la psicóloga Ruth Hartley que el hombre aprende más de lo que no debe ser para ser masculinos que de lo que debe ser, y esa negación sería triple: primero, respecto de la madre, después, del estado de bebé, que ya habría superado, y después de una homosexualidad, cuya superación le permitiría entrar en una relación con la mujer. Pues bien, Badinter, lo ha hecho un proceso de diferenciación universal, afirmando que sucede en todos los tiempos y lugares, y que tiene lugar, o debiera tenerlo, dentro de una atmósfera de interrelación que no se basa en el conflicto, tal como sostienen los partidarios de la violencia de género.
La ruptura de este proceso estaría en el origen de muchas identidades masculinas mal definidas, ya que dependerá de si no se ha producido la diferenciación de la madre o, si habiéndose producido, no se ha logrado una identidad con respecto a la homosexualidad, dando cada uno de los posibles una casuística diferenciada. Por lo tanto, no hay que inculpar a la macroestuctura como responsable de todo lo que favorezca al hombre y perjudique a la mujer, sino que los padres son actores de primer nivel en facilitar que su hijo logre una identidad sexual correcta, la cual no caerá en los excesos que se señalan en la macroestructura patriarcal; y la corrección de las patologías propias de cada casuística se consigue con la psicología y con las terapias y no con los programas políticos o culturales.
Victimización de la mujer
Entre otras muchas frases que han alcanzado una gran popularidad, figura el hombre no es un enemigo a batir, titulo de la entrevista que le hizo Jacqueline Remy, para L´Express, en abril del 2003, con la que indica que la evolución de la mujer no debe ir “contra”, sino “con” el hombre.
A la pregunta de si se siente aún feminista, contesta: Me siento extraña a la ideología de este nuevo feminismo. Todas tenemos, unas y otras, los mismos objetivos de la igualdad de sexos; sin embargo, discrepamos radicalmente acerca de los medios que hay que emplear para lograrlo.
Pero no por esto se muestra en contra de las reivindicaciones y de las conquistas feministas, cuando dos tercios del planeta relegan a las mujeres a una condición indigna, y sobre la “victimización” de las feministas dice: Las víctimas siempre tienen razón. Aun más, tienen derecho al respeto. Así es como hoy se atrae la simpatía y la conmiseración. No es casual que una de las más célebres feministas radicales norteamericanas, Andrea Dworkin, hable de la población femenina como “supervivientes”. Sin duda alguna, cuando las feministas se movilizan en ayuda de las víctimas de la violencia objetiva, están haciendo lo que deben. Sin embargo, cuando extienden el concepto de violencia masculina a todo y a cualquier cosa, cuando trazan un continuum de la violencia que va desde la violación al acoso verbal, moral, visual…, pasando por la pornografía y la prostitución, entonces cualquier mujer un poco paranoica puede declararse víctima –real o potencial– de los hombres en general.
Un poco después, añade: Yo me sublevo contra las representaciones generalizadoras: “todas víctimas”, que remite a “todos verdugos”. Es verdad que hay muchas más mujeres que son víctimas de los hombres que al revés. Pero también hay verdugos-mujeres y arpías de todo género. En uno y otro caso son minorías que competen a la patología social o psicológica, y no a la realidad de los dos sexos.
Y con estas respuestas, Elizabeth Badinter se posiciona claramente contra el concepto de violencia de género, tal como ha defendido en toda su obra.
Dos años después, en abril del 2005, y en la misma revista, L´Express, se publica una conferencia de Badinter titulada “La verdad sobre las violencias conyugales”, en la que se desmonta todo el entramado de la macroestructura que hace de la mujer su víctima propiciatoria. Este trabajo va acompañado de una encuesta (la Encuesta Nacilonal sobre las Violencias a las Mujeres en Francia) que se hace -¡por primera vez!- igual a mujeres y hombres; hasta entonces las encuestas estaban hechas para que respondiesen las mujeres y sus respuestas refrendasen la existencia de la macroestructura; pero, en esta ocasión, la encuesta da igual trato a ambos sexos y, por eso, tiene una importancia tan capital, porque sirve para comprobar de una manera objetiva cómo viven ambos sexos una misma situación. Incomprensiblemente, no se han seguido haciendo unas encuestas tan completas y objetivas, sino que han continuado incidiendo y potenciando la victimización de la mujer; mientras que la que aquí nos ocupa vive prácticamente en el olvido, sin que apenas se la cite.
La amalgama de la violencia de género
La expresión “violencia de género” –según Elizabeth Badinter- procede de las feministas anglo-sajonas más radicales, que utilizaron por primera vez este término en la década de los 80 para englobar toda forma de violencia que pueda sufrir una mujer.
Dice Badinter: el peso de los términos es considerable, ya que si admitimos esta noción de “violencia de género”, volvemos a una definición dual y opuesta de la humanidad: los verdugos contra las víctimas o el mal contra el bien. Pienso por mi parte que se comete un error doble, y continúa: por una parte (el primer error del que antes hablaba), el concepto de “violencia de género” no me parece fundado. Por otra, (el segundo) globalizando la violencia masculina, sin la menor distinción cualitativa, cultural y política, nos condenamos a no cambiar nada.
Dentro de la violencia de género se incluye toda forma de violencia que una mujer pueda sufrir: desde el insulto o la amenaza física, no importa si dicha con intención de cumplirse o no; desde la agresión psicológica a la física, desde la marginación cultural que puede sufrir una mujer árabe o nigeriana a…todo lo que se pueda imaginar. En un informe de Amnistía Internacional del año 2004 se puede leer: en todo el mundo, las mujeres padecen actos o amenazas de violencia. Es una experiencia compartida, a través de fronteras, de la fortuna, de la raza o de la cultura. En casa o en el entrono en que viven, en tiempo de guerra o de paz, las mujeres son agredidas, violadas, mutiladas en una total impunidad”.
Es decir, se amalgama, se mezcla todas las formas posibles de violencia, sin tener en cuenta si se da en una democracia o en una sociedad patriarcal, en una cultura o en otra… o, según un escrito del Colectivo Nacional para los Derechos de la Mujer, del 2005: la manos sobre las posaderas en el metro, los silbidos en la calle, los golpes, los insultos, las humillaciones del cónyuge, las bodas forzadas, las chicas violadas, etc , lo que significa que son igualmente graves el silbido con que se piropea a una mujer en la calle que un tortazo dado por el cónyuge o una violación por un extraño.
¿Son ciertos los datos que se manejan?
Según un informe de Amnistía Internacional: por lo menos, 1 de cada 3 mujeres ha sido agredida, forzada a tener relaciones sexuales o violentada de una forma o de otra en un momento de su vida (Populations reports, nº 11, Johns Hopkins, School of Public Health, dic. 1999) y en Internet encontramos que esa cifra llega a casi el 50% de las mujeres del mundo. He tenido la oportunidad de ver cómo una abogada feminista, especializada en la violencia de género, empezaba una conferencia diciéndoles directamente a las mujeres presentes tu no, Tu no, tu si vas a ser violada, agredida o humillada, tu no, tu no, tu si vas a ser… aplicando estos datos de Amnistía Internacional.
¿Pero qué certeza tienen los datos que se manejan de una forma tan poco rigurosa?
En 1980, dos investigadoras, Linda McLeod y Andrée Cadieux, publicaron un informe sobre la mujer agredida en el Québec y dieron las cifras de 300.000 mujeres agredidas y de 52 que resultaron muertas a manos de sus cónyuge o ex cónyuge. Estas cifras las convirtió el movimiento feminista del Québec en el leit-motif de su acción, hasta que, en el 2004, el Instituto de Estadística de Québec publicó una encuesta que desmentía esas cifras: 14.200 mujeres se reconocían víctimas de agresiones conyugales y sólo 14 habían resultado muertas a manos de sus parejas, junto con 7 hombres por sus parejas femeninas. ¿Cómo es posible tal disparidad en las cifras? Ya en 1994, Linda McLeod había reconocido su error, cuando admitió que me sentía segura de esta cifra, porque reflejaba una realidad corroborada por quienes trabajaban en la línea del frente. Era una suposición admitida. Sin embargo, a pesar de este reconocimiento, el movimiento feminista siguió usando las “trescientas mil” hasta el año 2004.
Según Badinter, los periodistas y políticos interpretaron la Encuesta Nacional sobre las Violencias a las Mujeres en Francia, del 2001, como que el 10% sufre maltrato físico en ese país. Sin embargo, en la Encuesta se recogen una serie de apartados, que son: agresiones físicas, el 2.5%, agresiones repetidas, el 1.4%, violaciones y otras prácticas sexuales impuestas, el 0.9% (lo que suma un 4.8%, muy lejos de ese 10%), para seguir con las presiones psicológicas, el 37.0%, chantaje afectivo, el 1.8% e insultos y amenazas verbales, un 4.3%.
Evidentemente, parece que la recogida de datos y su interpretación no se han llevado a cabo de una manera muy objetiva.
“La sorpresa está en los hombres”
Jacqueline Remy escribe, en el mismo número de L´Express donde se recoge la conferencia de Elizabeth Badinter, un artículo en el que comenta la encuesta hecha por igual a hombres y mujeres, ya citada.
Tras examinar las quejas de las mujeres respecto a sus parejas, dice pero lo más sobresaliente no está aquí. La sorpresa está en los hombres. Y después hace una comparación entre algunos datos de la encuesta, que recojo de una forma muy resumida:
Frente al 12% de mujeres, que declaran que sus parejas les han impedido hablar con otros hombres, un 18% de hombres declaran que sus esposas les impiden hablar con otras mujeres.
Frente al 26% de mujeres que declaran que sus parejas les exigen saber con quién y dónde están, un 34% de hombres declaran lo mismo de sus parejas.
Frente al 8% de mujeres que declaran que sus parejas las han insultado, un 15% de hombres también lo declara de sus parejas.
Frente al 27% de mujeres que declara que sus parejas han decidido hacer gastos importantes sin tener en cuenta su opinión, un 33% de hombres declaran otro tanto
Y todas estas cuestiones figuran dentro de las mil osas que los hombres hacen contra las mujeres, pero que no se han tenido en cuenta que también las mujeres pueden hacer contra los hombres. seguro que cada uno de vds. tiene en mente algunos ejemplos de hombres y mujeres dominantes en sus respectivas parejas.
(Publicado originalmente en la página web de Piura , Perú: http://www.piuravirtual.com/noticias/articulo.php?t=606&f=2007-05-07
el 22/05/2007)
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