Mucho se lleva hablado y escrito acerca de Dios, sin que hasta ahora nos haya quedado claras apenas algunas cosas acerca de él. Incluso, respecto a sus cualidades, la afirmación de que es incognoscible tiene sus excepciones, pues se ha dado a conocer en la perfección de algunas figuras históricas. En cuanto a su naturaleza, aún hay menos certeza, pues los planteamientos filosóficos que se han hecho a lo largo de la historia no alcanzan un reconocimiento suficiente. Por tanto, ponerme a tratar este tema, la naturaleza de Dios, no parece muy prometedor; sin embargo, voy a atreverme a afrontar esta tarea.
La esencia divina, es decir, Dios en sí mismo, la encontramos en el “yo soy”, del que hablé, apenas con un bosquejo, en el artículo “en busca de la verdad”; hoy voy a tratarlo un poco más extensamente.
El primer precedente del “yo soy” se encuentra en el Bhagabad Guita, en el que se narra la enseñanza que Dios (Krisna) le dio al príncipe Arjuna. En un momento dado, éste le pide que le conceda ver su rostro; y se lo concedió, mostrándose ante él en una inacabable sucesión de todas las cosas creadas. Es decir, Dios, sin decirlo, afirmó que Él era todo cuanto existe: yo soy todo cuanto de mí ha salido, todo cuanto he creado, podría haber dicho, pero aún no estábamos preparados para comprenderlo.
Fue a Moisés a quien Dios se le reveló, por primera vez, como “Yo Soy”, cuando, habiéndole dado instrucciones acerca de que bajase con el pueblo y le hablase acerca de Él, Moisés le preguntó “Cuando me pregunten qué Dios me ha enviado, ¿cómo les diré que te llamas?”, a lo que respondió: “Ve y diles: Yo soy me envía a vosotros”. Por esta cita, se ha tomado el Yo Soy como el nombre de Dios. Pero, si reparamos en que poner nombre fue una potestad que Dios le había dado a Adán sobre todas las criaturas creadas y no sobre si mismo, no parece defendible que se trate de su nombre. Las otras traducciones que se han propuesto para explicar mejor este pasaje, como “Yo soy el que yo fui” o “Yo soy el que yo seré”, parece que no pasan de meros intentos de justificar las palabras de Dios de una forma sencilla y sin atender a la intención, a la que es más fiel “yo soy el que yo soy”.
¿Por qué? Porque el verbo ser es atributivo y ser algo: no se puede ser nada. La respuesta de Dios fue, entonces, la afirmación más radical de su divinidad: Yo soy el que yo soy, sin necesidad de ser algo, porque soy antes que todo lo que he creado y porque también soy todo lo que de mí ha salido, cuanto he creado.
Nosotros usamos el verbo ser poniéndole siempre un atributo: somos esto o lo otro, pero no el ser puro, sin atributos ni accidentes; eso es cosa de Dios. Y el uso de este yo soy, del que ya dije algo en mi pasado artículo, En busca de la verdad, es la piedra angular de la religión y de todo sistema de creencias. Es harto frecuente que digamos que no somos capaces de, o que no podemos o que no… con lo que estamos limitando esa huella que hay de Dios en nuestro yo soy; limitándola y corrompiéndola.
Gautama Buda fue completamente consciente de esto e hizo del mal uso del yo soy uno de los temas principales del dogma que nos dejó: las sensaciones de lo externo crean apego, y el apego crea una necesidad de satisfacción que atrapa a la personalidad en una red de ser/tener inacabable, por lo que se hacía necesario romper con ese incesante refuerzo de los atributos que tenemos en nuestro pensamiento y en nuestro discurso, haciendo que quien piensa que no es capaz de, realmente se vuelva incapaz de hacerlo, tal como más modernamente han demostrado diversas corrientes de psicología. Por tanto, el dogma del Buda se refiere a un yo soy sin atributos; un estado que, en pureza, se refiere a Dios, convirtiéndose así en un cauce recto para romper con el mundo y llegar al Nirvana.
Y finalmente, Cristo, quien es el primero que usó con total conocimiento y consciencia de lo que hacía el “yo soy”, como cuando afirmó “yo soy la resurrección y la vida”, y negándose a usarlo por debajo de lo que le corresponde al hijo de Dios. Así nunca lo empleó de una forma humana, limitadora, sino con la plenitud de su consciencia y de su obrar cumpliendo la tarea que le había sido encargada; ; y así fue, por su consciencia de ser según Dios, como obró y nos dejó una enseñanza bien poco comprendida: ¿usamos el yo soy de la misma forma en que lo hizo él, o seguimos usándolo humanamente, poniéndolos límites, trabas e impedimentos?
Yo soy es, entonces, tanto la consciencia de sí como la capacidad creadora. La una, porque el sentido que le da el yo soy a cada pensamiento determina los límites de la acción misma; la otra, porque una conciencia limitada no puede crear de una manera perfecta. La creación de Dios fue perfecta porque la perfección es una cualidad implícita y necesaria en su ser, como puede verse en todas las cosas y criaturas creadas, mientras que la imperfección reina en derredor de los humanos precisamente por las limitaciones con que nos tratamos a nosotros mismos.
La naturaleza divina se despliega desde la plenitud del Yo Soy. Tal como el atributo pertenece a quien lo predica, independientemente de si esta pertenencia está ya consumada o en proceso de realización; pero es suyo. Así, es la conciencia del Yo Soy la que realiza y consuma toda creación: el “hágase la luz” se cumplió en el acto porque era la expresión oral de la conciencia de ser la luz. Otra cosa muy distinta ocurre con nosotros, que podemos tener una intelección muy buena, incluso perfecta, de la cosa a crear, y en ese momento tener la conciencia yo soy plenamente activa, sacando de nosotros el atributo que queremos manifestar, pero, al no ser algo instantáneo, al requerir de un cierto tiempo para poderse ver físicamente, comienzan los problemas: la dilatación temporal permite que nuestra conciencia sea ocupada por otras cosas menos perfectas, que entren las dudas, que la atención se rebaje…y el resultado es puesto en cuestión por nuestra falta de convicción en lo que estamos haciendo, con lo que la naturaleza que nos rodea se va cargando de todas esas formas de imperfección, con todas esas dudas e incertidumbres que hay en nuestra cabeza.
(Este artículo se publicó originalmente en la página Web http://sinalcoholysindrogas.blogcindario.com/ , el día 28 de diciembre del 2007)
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