lunes, 24 de diciembre de 2007

La principal característica de la palabra de Dios es su sencillez tanto en su exposición, como para su comprensión. Quienes la expusieron, y me estoy refiriendo al Buda y a Cristo, no necesitaron complicadas fórmulas para explicar cómo podemos llegar a Dios y, consecuentemente, quienes los escucharon con un mínimo de dedicada atención no necesitaron de ninguna clase de reconocimiento social para comprenderla. Es más, la humildad caracterizaba a los buenos oyentes.

No hay dialéctica posible entre el mensaje que ambos nos dejaron; en todo caso lo habrá si lo promueven sus fanáticos. Las Cuatro Nobles Verdades que nos legó Gautama Sidartha Buda son de una sencillez tan exquisita que no pueden ser contestadas razonablemente, tal como ocurre con las parábolas del Cristo. Cada uno de ellos cumplió la tarea con la que habían sido enviados y lo hicieron comprendiendo perfectamente la naturaleza divina y restaurando la palabra de Dios, no cambiándola, si bien lo hicieron de formas totalmente distinta porque distinta era su misión.

Las cuatro nobles verdades del Buda son tan concisas y claras como sencillas. Pues, ¿hay alguien que dude de la existencia del sufrimiento en el mundo? ¿O de que dicho sufrimiento, a pesar de sus mil formas, tiene una misma causa? ¿O de que es posible acabar con él? ¿O de que existe un camino veraz que lleva a tal meta? Cristo también nos habló de esto mismo, pues la palabra de Dios es siempre la misma, solo que, dadas las diferentes sociedades en que se expresaron, toman una manifestación diferente. Pero, cuando Cristo nos habla del Reino de los Cielos, ¿acaso no está hablando de donde el sufrimiento ya no existe, en comparación con el mundo, donde reina? ¿Y acaso las bienaventuranzas no exponen el camino que lleva al Reino de los Cielos, al fin del sufrimiento?

El mensaje del Cristo tiene, según van pasando los años, un mayor peso específico, una vibración mayor, que el del Buda; su importancia va ganando enteros, mientras el budista se pliega y reduce, porque cada vez hay, dentro de la zona geográfica natural de esta religión, más personas preparadas para aceptar el cristianismo. Pero esto en absoluto va en demérito del Buda, cuya labor cumplió en la perfección al revelar la palabra que ha llevado hacia Dios a millones de personas. Este trasvase de practicantes y esta pérdida vibratoria se debe a que el Cristo llevó a su plenitud la presencia de Dios sobre la tierra, lo cual no podrá ser supersado por ningún otro profeta ni mensajero de Dios.

Tanto Gautama como Jesús vivieron unos momentos muy parecidos: la tentación por el demonio y la toma de una conciencia plena de quiénes eran y a qué habían venido.

Gautama se había sentado a meditar bajo el árbol Bodhi y todas las criaturas participaron del gozo de lo que estaba a punto de ocurrir, todas menos Mara, “el señor de los cinco deseos, el hacedor de la muerte y enemigo de la verdad”, quien se dirigió contra él acompañado de sus tres hijas, las tentadoras, y de todas sus legiones de demonios. Cuando lo tuvo enfrente, le lanzó las amenazas que inspiran el terror, haciendo que se levantase el huracán, que se oscureciese el cielo y rugiese el mar; pero Gautama siguió meditando, sin prestar atención a nada que no fuese la Presencia de Dios. Entocnes, Mara mandó a sus hijas a que lo tentasen, pero no hallaron resquicio alguno por donde atrapar la atención de quien se estaba convirtiendo en el Iluminado; y lanzó a todos sus demonios contra Gautama, rodeándolo de los fuegos infernales; entonces abrió los ojos y los fuegos se convirtieron en suaves brisas, con lo que Mara, sus hijas y legiones huyeron despavoridas, mientras recibía la iluminación y continuaba en ese estado de profunda comunión con Dios durante 49 días. Cuando se levantó, ya era el Buda, el Iluminado, la Luz de Dios sobre la tierra, el que había recibido la palabra de Dios y se disponía a predicarla…

Jesús se había retirado al desierto a orar durante cuarenta días, tras los cuales tuvo hambre. El demonio, viendo la proximidad del momento en que Jesús se convertiría en el Cristo, fue a tentarlo, ofreciéndole la satisfacción de la carne, del mundo y de la propia realización; Jesús, al que Dios había situado dentro de una tradición que había venido preparando su nacimiento durante siglos, le contestó siguiendo la verdad revelada dentro de Israel, al contrario del Buda, cuya venida no había sido preparada. Y después de vencer al demonio, Jesús, lo mismo que el Buda, continuó gozando de su comunión con Dios, plenamente conocedor ya de quién era y de a qué había venido…

Gautama, una vez de pie, se puso en camino y se acercó a un grupo de hombres, quienes al verlo se dijeron entre si: ahí viene el que nació príncipe, el que, viendo el dolor que llena el mundo, se hizo nuestro compañero en la disciplina y en el esfuerzo que lleva a la santidad, el que ahora ha traicionado todo lo santo; cuando llegue, no le dirijamos la palabra ni le llamemos por su nombre. Cuando llegó hasta ellos, tanto respeto les impuso su presencia que se levantaron y le hablaron llamándolo amigo y por su nombre; pero les reprendió, diciéndoles que cómo trataban al Buda como amigo, que él había recibido la iluminación y que la compartía con ellos. Entonces, en lo que se conoce como el Sermón de Benarés, equivalente al Sermón de la Montaña del Cristo, les enseñó el camino de en medio y los hizo sus discípulos.

La primera verdad, decíamos más arriba, era la existencia del sufrimiento. Si miramos a nuestro derredor, lo vemos por doquier: cuando nacemos, cuando morimos o enfermamos, cuando nos falta lo que deseamos poseer o incluso cuando tememos perderlo… ansiamos el placer, pero el sufrimiento lo acompaña irremediablemente y no sabemos ni podemos evitarlo, sino que pasamos más tiempo con él que con el placer.

La segunda verdad es que todo el sufrimiento tiene una misma causa: el mundo actúa sobre la sensación y engendra una red de apego que exige su satisfacción inmediata, la cual forma la ilusión del ego, el cual, si no haya satisfacción de su gusto, nos hace caer en las redes del sufrimiento.

La tercera verdad es que es posible acabar con el sufrimiento: el que domina su ego, no dándole alimento a la satisfacción, apaga la llama del dolor.

La cuarta verdad es el camino que lleva al din del sufrimiento, el cual fue expuesto por el Buda como el Noble Sendero Óctuple: la buena forma de comprender, la buena forma de tomar decisiones, la buena forma de hablar, la buena forma de obrar (las cuales constituyen la primera exposición metódica de lo que son las primeras cuatro cualidades de la Fe, del total de siete que tiene), la buena forma de ganarse la vida, los buenos esfuerzos, los buenos pensamientos y la saludable paz del espíritu (los cuales se refieren a la Esperanza y sus calidades); Cristo, como ya vimos, lo expuso en sus bienaventuranzas.

Exponer estas verdades era la labor del Buda; la de Cristo iba más allá. La diferencia principal y diferenciadora entre ambos estriba en el uso que hicieron del “yo soy”, ya que el Buda rehusó ponerle cualquier atributo, a fin de alcanzar ese estado que se conoce como Nirvana, mientras que Cristo le puso los atributos propios de la divinidad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, entre otros. Nosotros, en cambio, le ponemos al “yo soy” toda clase de atributos, desde la incapacidad, como no tengo o no puedo, hasta la negación más absoluta. Aún no hemos comprendido (¿o querido comprender?) la palabra de Dios.

Tags: palabra de Dios, Buda, Cristo, Yo Soy

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