viernes, 21 de diciembre de 2007

Cuando hablamos de los sentidos, solemos entender los que están asociados a un órgano físico, como la vista a los ojos o el olfato a la nariz, como si más sentidos no tuviéramos. O, en todo caso, se habla de un sexto sentido, que sería algo amorfo (sin forma física), que se pretende situar próximo a la intuición.

No obstante, si nos paramos a recordar todas las historias, tan bien documentadas en algunos libros médicos, sobre la muerte clínica y otras experiencias extra corporales, hemos de plantearnos seriamente si esos sentidos orgánicos pertenecen al cuerpo o al espíritu. Porque, si fuese propiedad del cuerpo, no podrían conservarse durante esas experiencias extracorpóreas o tendrían en su uso las mismas limitaciones o incluso mayores que en el cuerpo. Pero no es así: durante esas experiencias, nadie necesita, por ejemplo, gafas, sino que la capacidad sensoria está más desarrollada que nunca, como si dijésemos, limpia de cualquier impediente orgánico. Y no se trata de un asunto de imaginación o fantasía, porque entonces no se podría sostener que muchas personas plenamente anestesiadas y, por tanto, privadas del uso de sus sentidos orgánicos durante la operación quirúrgica a la que están siendo sometidos, cuenten cómo lo han visto todo desde arriba, relatando todo lo que los médicos y asistentes han hecho y dicho sin ningún error.

Los sentidos no son, por tanto, orgánicos o corpóreos, sino que pertenecen al espíritu de cada persona, a la que le proporcionan información sobre su medio, permitiendo que cada cosa cobre “sentido” para ella.

Otra creencia común es que la labor de los sentidos consiste en proporcionar información no tamizada, siendo esto labor del subconsciente, cuando la labor de los cinco sentidos (vista, oído, paladar, olfato y tacto) está gobernado por otro sentido que tiene una importancia de primer orden: el gusto, que es el que realmente tamiza y selecciona la información procedente de los órganos físicos que llega a nuestra razón.

Todos conocemos a alguien goloso, a alguien a quien le encanta comer, que no solo hace sus 3 comidas prescriptitas diarias, sino que entremete una y otra y nunca se sacia; vemos que su “gusto” está ahí, en la comida, no tenemos ninguna duda de eso. Y si nos fijamos bien, vemos que, cuando está manteniendo una conversación sobre cualquier tema, cualquier cosa acaba asociándola con la comida y le entran ganas de echarse algo a la boca.

Y seguramente también conozcamos o hayamos conocido a alguien que solo piense en el sexo, o en su imagen pública o…y a quien siempre le gustan las cosas que lo facilitan.

Cada uno de esos deseos (comida, sexo, imagen pública…) no es criticable en sí mismo, salvo que se de de una manera desproporcionada. Pero cuando así se da, el problema que tenemos es serio, muy serio...

Imaginemos que esa persona tiene saciado el deseo; lo ha cumplido recientemente y, como todo deseo se haya sujeto a un ritmo orgánico o social, no tiene ninguna necesidad. Pero es un goloso, un lujurioso, un…y eso implica que el gusto, partiendo de la información que le proporcionan los demás sentido, la imaginación o la memoria, buscará “algo” que asociar al objeto de su deseo, de modo que la necesidad surja antes de tiempo, antes de que su ritmo natural la reclame, y buscará satisfacerla de nuevo, una y otra vez. Y cada nueva satisfacción, reforzará ese gusto y éste buscará nuevas asociaciones que reclamen la atención sobre cómo alcanzar una nueva satisfacción… en un ciclo sin fin, del que solo nos puede sacar el uso de la razón.

Si buscamos en nuestra memoria, podemos recordar a alguien que ha asociado un color, un olor… con una comida y le han entrado ganas de volver a probarla, a alguien que … Se trata de un estado en el que la razón está empantanada, no la ejercemos en toda su plenitud, sino que se halla puesta al servicio de la satisfacción, hasta que somos capaces de romper con ella, de distanciarnos (podríamos decir: de pasar el “mono”, ese tiempo de desintoxicación de las sustancias adictivas) y de mirar nuestra adicción de una forma más objetiva, entonces la razón puede retomar el control de nuestra vida.

Pero las adicciones siempre vuelven. Si nuestro gusto está por una de ellas, hasta que logramos limpiarlo, siempre volverán, porque el gusto volverá a seleccionar las informaciones que despierten el ansia por satisfacernos. Porque es nuestra parte espiritual la que no ha superado aún el gusto por la esa satisfacción, cuyos efectos son ciertamente adictivos…

Todo esto es tremendamente complejo, sobre todo por el conocimiento tan limitado que yo tengo de ello, por lo que mi exposición no es, desde luego, la ideal. Espero que lo tengan en cuenta…y que opinen, por favor, reflexionen y opinen.


(Artículo de Jesús Sánchez Jurado, publicado originalmente en http://sinalcoholysindrogas.blogcindario.com/ donde pueden verse los comentarios editados)

Tags: gusto, satisfacción

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