Hace pocas semanas me sorprendí dándome cuenta de que antes que las teorías, que las hipótesis, que los razonamientos e incluso antes que la percepción de la verdad, hay siempre una actitud fundamental en cada sujeto, da igual de quién estemos hablando y en qué circunstancias se encuentre.
Y estas actitudes, antagónicas entre si, son la de buscar la verdad o la de justificarse. Cada uno de nosotros, cada vez que tomamos una decisión, cada vez que optamos por algo, por insignificante que sea el caso, lo hacemos desde una de estas dos actitudes; y descubrirla no es difícil.
El compromiso con la verdad, el querer llegar a conocerla, es todo lo contrario a quedarse en las justificaciones. ¿Qué a tal persona le hace falta tal cosa? O nos levantamos para ver qué podemos hacer, o nos ocultamos detrás de un sinfín de excusas: eso lo tenía que haber previsto, si es que la gente no tiene cuidado con nada, a ver qué hace su pareja o sus padres, etc., etc. Cualquiera es buena con tal de quedarse tranquilamente viendo la televisión o haciendo cualquier cosa, casi siempre sin ningún provecho.
La verdad, conocer la verdad, siempre comienza por uno mismo. El “gnosce te ipsum” délfico sigue estando enarbolado. Conocerse a sí, cómo funcionamos y por qué lo hacemos, implica mucho. Conocer una planta, un animal, a otra persona o las galaxias no produce un cambio objetivo ni en el conocedor ni en lo conocido; pero cuando ambos son uno solo, se da un paso significativo, porque el conocer uno de nuestros comportamientos implica la oportunidad de superarlo; y si el compromiso con la verdad es sincero, se luchará por aprovecharla. Los pasos rara vez son grandes; suelen ser pequeños, pero así es como se hacen las grandes cosas, con pasos pequeños, tan pequeños como son los eslabones de una cadena o las premisas de un razonamiento.
La justificación es fácil, no exige ningún esfuerzo; todo lo contrario, es amiga de la comodidad y fomenta las dudas y la pereza, que son los dos principales obstáculos de la fuerza interior por la que nos movemos y que conocemos con el nombre de fe. Por eso les dijo Jesús a sus discípulos “si creyereis…”, es decir, si no tuvierais dudas, “haríais esto y más”, claro es, si no fueran unos perezosos. La justificación, decía, no quiere saber nada de todo esto; prefiere que nos tumbemos en el sofá a ver partidos, películas, a comer, beber..cualquier cosa que no nos permita pensar, porque, si nos ponemos a pensar, podemos hacernos preguntas, buscar sus respuestas… y acabar descubriendo alguna pequeña verdad y levantarnos, ponernos en movimiento para cumplir con ella: tener fe.
Nuestro mundo, tan dado a la comodidad, donde tanta importancia se le da a la calidad de vida y tan poca al esfuerzo, a la superación personal, ha inventado la depresión, que es una enfermedad de moda. La imagen del deprimido es la que acabo de exponer más arriba, alguien tirado en un sofá, en la cama o donde sea, sin fuerzas, sin ganas de nada… se encuentra como metido en una hondonada, en un vacío (en una depresión, como su propio nombre indica, pero no terrestre, sino anímica) del que no sabe o no puede salir. El problema está en que de ella solo se sale por el propio esfuerzo, porque se busque alguna verdad en nuestro interior y nos apoyemos en ella para levantarnos y salir; esto es, solo se sale por fe. Ninguna pastilla ni tratamiento que no parta de la convicción y esfuerzo del sujeto puede obrar el milagro.
La persona que busca la verdad no se deprime; todo lo contrario: va ganando en alegría, en confianza, en estima, en capacidad para enfrentarse y superar cualquier dificultad, porque tiene activa la fuerza interna que es suya propia; con ella vino al mundo, por lo que tiene que ver con la genética, pero la desarrolla y perfecciona en cada paso que da, en cada defecto propio que descubre y lucha por paliar y anular a través de la cualidad contraria.
En cambio, la persona que anda con justificaciones, va sumiéndose en una cima de autoengaños, de mentiras y de deudas consigo mismo, que antes o después le caerán encima.
Cuando hablamos con alguien, resulta fácil reconocer cuál de estas dos actitudes básicas tiene. Si intenta conocerse, identificar sus defectos y con qué comportamientos se ocultan, veremos a alguien que no se enfada fácilmente, Todo lo contrario el que anda con justificaciones: no más le dejemos al aire una, se molestará porque le estaremos ofreciendo la oportunidad de verse de una manera más verdadera.
(Artículo de Jesús Sánchez publicado originalmente en la web: http://sinalcoholysindrogas.blogcindario.com/ en donde pueden consultarse los comentarios)